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La columna de Jorge Castillo
EL CHACO EN FOTOGRAFÍAS Autor: Jorge Castillo
ROSALINDA GUSBERTI: UN PASADO QUE VUELVE EN RECUERDOS ESCRITOS(SEGUNDA NOTA)
LOS LIBROS DE ROSALINDA Rosalinda recuerda en sus escritos permanentemente a sus sacrificados padres, inmigrantes italianos que junto a ella se radicaron en Buenos Aires, primero, y luego en el Chaco. Yo decidí averiguar su dirección en Buenos Aires y escribirle cuando ella publicó una carta de lectores en una revista porteña, comentando sobre el naufragio del barco “Princesa Mafalda”, en que en 1927 debía viajar desde Italia junto a su madre para reunirse con su progenitor, instalado ya en esa ciudad desde antes. Ese viaje no pudieron hacerlo en esa oportunidad por un contratiempo que no las dejó embarcar. El inconveniente, afortunadamente para madre e hija, tuvo de esta manera un final feliz. Don Luis Gusberti, desesperado cuando se enteró de la desgracia corrida por el trasatlántico, pudo respirar aliviado cuando finalmente se reencontraron para comenzar ahora todos juntos, la nueva vida. En 1931 la familia se radicó en Resistencia. Lejos quedó la pobreza de la Europa de post-guerra y las secuelas de la destrucción. Rescató en “El laúd y la guerra”, una frase de su padre que seguramente la repitió durante el resto de su vida: “(…) yo nunca disparé una bala. Y cuando era inevitable, ya te lo dije, apuntaba hacia arriba”.
Rescata de aquella época otra anécdota de su papá: ganada la guerra a las tropas austro-húngaras, la compañía de Luis Gusberti se acantonó en la ciudad tirolesa de Innsbruck por espacio de un año. El músico organizó allí una banda a la que denominaron “del moto perpetuo”. Cuando finalmente debieron volver a sus hogares, los soldados italianos fueron autorizados a llevarse a su patria algún botín de guerra. El de Luigi era un enorme bulto que despertó la preocupación de su Capitán, por lo que debió darle explicaciones diciéndole muy puesto en razón: “(…) sólo llevo música. Música escrita a mano. Ud. tiene razón, vale un tesoro”. ¡Cuánta de esa música habrán escuchado nuestros abuelos y padres, en las retretas de las plazas de Resistencia, desde que Gusberti empezó a dirigir la Banda…!
Quien lee los cuentos o novelas de Rosalinda Rachele Martina Gusberti (tal su nombre completo) disfruta en primer lugar de una prosa fluida y amena, en donde hay un manejo preciso y creíble del lenguaje, con un abundante y creativo uso de recursos expresivos, que estimulan el libre juego de los afectos del lector.
Su voz, a través del teléfono, suena firme y amable. Yo sabía que era psicoanalista (un punto que nos acerca en lo profesional y que contribuye a reforzar ese “aire de familiaridad” que sobrevuela mi relación con ella) pero no que también es Fonoaudióloga, Psicóloga y Psiquiatra, tal como se consigna en sus libros.
Por otro lado, la asocio a aquellos tíos maternos (Pico y Darío Miró) que aparecen en las mismas fotografías, en una integrando el grupo de alumnos de la Escuela de Música Municipal y en la otra junto a los adherentes a la República Española, quienes trabajaban solidariamente junto a jóvenes descendientes de inmigrantes españoles e italianos, para defender la causa de los compatriotas republicanos ante el ataque de los fascistas. En la fotografía aparece otro joven, que según me comunicó Rosalinda, era el hijo del vicecónsul italiano de aquella época, Adelson Bennato.
Sobre éste y su historia también escribiré en otro momento, con la colaboración de su nieto, del mismo nombre, quien fue mi compañero de grado en la Escuela Nº 26, así como nuestros respectivos abuelos –con fotografías que ambos conservamos, y que constituyen un testimonio irrefutables- fueron compañeros de ruta en defensa de valores libertarios.
RECONOCIMIENTOS RECIBIDOS
Rosalinda escribe cuentos desde hace mucho tiempo. Y lo ha hecho en forma colectiva, incluso, como cuando con un grupo de psicoanalistas publicaron en 2002 y en 2005 cuentos que titularon “Más allá del Diván”, presentado –entre otras instituciones- por las Asociaciones Psicoanalítica Argentina, Cultural Pestalozzi, y Asociación Lombarda de Buenos Aires (al cierre de este artículo, me envió vía encomienda postal, los dos tomos. Es evidente que sigue fiel a la memoria).
En varias oportunidades recibió premios por sus trabjos como sucedió en 1997 y 1998, por parte de la Academia Ferdinandea, de Catania (Italia). Por esa época fue presentado su libro “Un musicista sul Carso”, editado por la Asociación Dante Aligheri de Buenos Aires, en la Biblioteca de Vescovato (Cremona), su aldea natal y la de sus padres.
Hablar de Rosalinda como escritora es adentrarse en un mundo que ella construyó a fuerza de ordenar sus recuerdos y dar rienda suelta a sus sentimientos, a costa de mucho dolor
La Federación Argentina de las Asociaciones Lombardas, el 12 de diciembre de 2008, le brindó en La Plata un homenaje a “la Dra. Martina R. Gusberti, lombardo-cremonesa de relevancia, destacada profesional y premiada escritora de emocionantes novelas y sentidos relatos de amplia inspiración lombarda, por su calidad narrativa pletórica de recuerdos y de sentimientos y por su fe en la redención de la Humanidad a través de los sutiles pero poderosos caminos del Arte en todas sus expresiones”.
“No sabemos si los sucesos narrados son autobiográficos…”, dice de su primer libro la crítica María González Rouco, en “El Tiempo” (23-07-1989). En esta sección ya dijimos que en su mayoría lo son, pero igual (y por eso mismo) nos tocan fibras íntimas; es el valor fundamental de los escritos de Rosalinda, que seguramente sin proponérselo (o sí, hábito de psiconalista, al fin y al cabo), oficia de pitonisa; o de intermediaria entre la razón y la sin-razón, a través de la palabra.
Olga Colella, en “Clarín”, comenta que “(…) leerlo nos reanima como quien (…) ha hojeado emocionado un álbum de fotos familiares”, y agrega entre otros concepto laudatorios: “(…) puede decirse que además de revelarnos su mundo, ha logrado eficacia literaria” (Bs.As., 14-091989).
Bernardo Ezequiel Koremblit, prologuista del primer libro, de 1989 y de “El Laúd y la Guerra” (1995), coincide: “(…) puede decirse de (la autora) que el ángel le ha tocado el hombro…(…recuerda) a un Luigi retratado (…) para que no se borre y que sin duda no se borrará nunca, tanto por el amor de una hija como por la brillante facultad creadora de quien ha escrito con pasión pero también con belleza literaria (…).
Luigi es su padre, el director de la Banda de Música Municipal desde 1934; el que creó la Banda Infantil Municipal y las de la Compañía de Boy Scouts “Exploradores de Don Bosco” (que después lideró el legendario padre Rolando) y “General Dónovan”. El que soñaba con una mujer (su hija) ejecutando el clarinete bajo su dirección; el que con más de ochenta años visitó su tierra natal, recorriendo los lugares en que se movió su compañía durante la primera guerra mundial; el que era demasiado “omobono” (hombre bueno, como significa su segundo nombre); el que le dedicó el vals. En definitiva, el hombre en quien ella puso más atención y afecto en sus libros -explícita o implícitamente- y a quien hace hablar con toda la ternura que su amor filial le genera, en su relato “Paralelas”, de “Réquiem para la Adolescencia”, su primer libro.
En el texto brevísimo pero sustancioso, Rosalinda sintetiza admirablemente su posición ante la vida y la muerte:
“Ella observaba cómo los noventa inviernos de él le habían blanqueado las sienes. ¿Cuánto más viviría?
Le habló:
-Vieco, estoy muy triste y pienso en la muerte.
-Ma, ¿qué querés? ¡Ya tenés ochenta años!
Revoloteaba en círculos, un murciélago disfrazado de ruiseñor.
Yo no tengo dudas que el mismo optimismo que pone en boca de su padre y de los personajes de sus cuentos y novelas, la anima a ella a defender su amor por la vida y por la gente.
Cada vez que sucede eso –cuando escribe sus libros; cuando me envía nueva información alentando mi trabajo o cuando se conecta vía telefónica porque se acordó de algún dato más (y hablamos como si nos conociéramos de toda la vida)- no uno, sino cientos de ruiseñores sobrevuelan nuestros espacios comunes y anidan en el pecho; en ese lugar exacto en donde late el corazón y desde donde se ordena al cerebro lagrimear; sonreír; amar; agradecer, y entre otras cosas, pensar que todo pasa y nada permanece, sí, pero mientras pasa, nos arrastra y entonces debemos optar por aferrarnos a cualquier pretexto para permanecer sí porque sí, o –lo que parece preferir Rosalinda- por dejarnos llevar por las corriente, pero sin abandonar en el camino a los demás, que es decir permanecer al lado de nuestros seres queridos y revivirlos a través del recuerdo, para seguir honrando a Aledo Meloni y a aquellos amores: “Sólo se va para siempre el que lo lleva el olvido”.Luigi, Teresina y Rosalinda Gusberti en Italia, antes de su partida para la Argentina
(Fragmento de fotografía anterior a 1926. Archivo de la Flia. Gusberti).
ROSALINDA GUSBERTI: UN PASADO QUE VUELVE EN RECUERDOS ESCRITOS
(PRIMERA NOTA)
Como si necesitara de alguna manera aferrarse a ese pasado del que guarda todo lo lindo y también todo lo feo que le tocó vivir (y que relata en un puntilloso y preciso balance; doloroso pero enternecedor y decididamente optimista), Rosalinda, en su primer libro (“Réquiem para la Adolescencia”, Plus Ultra, 1989), publica una fotografía que la muestra mesurada, jovial, con una sonrisa condescendiente y bondadosa (y para mí, encima, con reminiscencias familiares).
Esta fotografía se repite en las respectivas solapas de dos libros más de su autoría, menos en el cuarto y último -hasta el momento- editado el año pasado (“Cuentos de aquella tierra”, Fundación Victoria Ocampo, 2008), en donde pareciera haberse decidido a mostrar el rostro que le corresponde hoy, diecinueve años después de aquel primer libro.
No sé si al del año pasado le seguirán nuevos libros (hacemos votos para que así sea) pero pareciera que con el último publicado ella logró cerrar –aunque quizá transitoriamente, el tiempo lo dirá- aquellos vínculos familiares y afectivos y los fantasmas concomitantes, ahora todo asegurado (conservado) a través de la palabra escrita, editada (encima por editoriales prestigiosas); vendida (o regalada según la ocurrencia de la autora) y finalmente leída por sus destinatarios, que no creo que seamos nosotros –los lectores comunes- solamente, sino aquellos fantasmas de ese pasado que busca ordenar. A ellos –a aquellos fantasmas- están dedicados principalmente sus libros; les habla y los recuerda, como también los critica; los ama y hasta los odia; ambivalentemente, como deben ser los sentimientos de los humanos maduros, sin perder la objetividad pero tampoco sin olvidarse ni perecer en el intento.
Rosalinda no me dijo su edad, todavía, y por algunas pistas que me dio en una de sus comunicaciones telefónicas, estoy seguro que no está en sus planes hacerlo. Es evidentemente un juego por parte de ella, ya que sabe que puedo deducirla, pues fue condiscípula, buena amiga -y por ende contemporánea- de dos de mis tíos, ya fallecidos. Respetar esa decisión de ella forma parte del juego, obviamente.
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La misma, en su cuarto libro, “Cuentos de aquella tierra” (Editorial Victoria Ocampo, Bs.As., 2008)
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En la fotografía del libro publicado el año pasado, su rostro se muestra sereno. Mira decididamente a la cámara, seguramente porque ya asumió que escribir sus cuentos y novelas es repetir su propia historia; enfrentarla reafirmando una vez más la posición asumida deliberadamente de develar su pasado y con ello pretender rescatar a la adolescente que fue cuando vivía en Resistencia, y que permanentemente se cuela en su discurso escrito como un fantasma más, en lo que pareciera ser un artilugio para desorientar a quienes la conocían de antes, aún sabiendo que eso es imposible justamente porque la conocían de antes .
En esta fotografía más reciente, el rostro de Rosalinda se parece mucho al de su adolescencia, como lo muestran dos fotografías que guardaba mi tía “Pico” Miró entre sus recuerdos, ambas de fines de la década de 1930.
En una -de 1937 y ya exhibida en artículos anteriores- está posando al lado de sus compañeros y profesores de la Escuelita de Música Municipal, con apariencia soñadora y lánguida; quizá algo triste (conociendo ahora su historia a través de sus personajes, esta posibilidad no debe descartarse).
Oscar Ameri –quien con ochenta y cinco años a cuestas y a más de setenta años de ser captado por la cámara, también se descubrió en esta fotografía- la identificó fácilmente y ahí empecé a registrarla como pieza clave –testigo calificada- de la historia de música y músicos del Chaco que pretendo reconstruir.
En la otra fotografía, de 1938, también hay romanticismo, pero no pareciera ser por enamoramiento ni por un sino trágico, en este caso, sino por el contexto de compromiso ideológico en que se encuentran los jóvenes que aparecen, muchos de ellos con el birrete con borla adelante que usaban los soldados republicanos, a la sazón en lucha encarnizada y sangrienta contra el ejército de Francisco Franco, allá en España, país de sus padres y abuelos.
En otra fotografía de la misma época, muchos de estos jóvenes posan con el puño derecho levantado en un gesto desafiante y firme, como aquellos de la Internacional Socialista que murieron solidariamente en España defendiendo la República.
ROSALINDA Y LA MÚSICA
Rosalinda sabe que estoy investigando sobre música y músicos del Chaco, y colabora en lo que puede, que es mucho y de gran valor, comparando con la información en cuentagotas que consigo de algún comedido desmemoriado o reticente; o de viejos diarios o revistas que consulto con la esperanza de encontrar los fotografías y las obras de los músicos pioneros; hoy anónimos, o con nombres registrados pero sin rostros y ni siquiera la pista de algún pariente que pueda dar testimonio de aquellos.
Rosalinda es para mí un testigo de lujo de aquella época que estoy investigando, en que el Partido Socialista pretendía llevar educación, arte y recreación a todos los estamentos sociales y para ello, bregaba por la enseñanza gratuita, laica, y las acciones solidarias.
En esa época se consolidó la Escuela de Música Municipal, que luego de ocupar distintos locales alquilados, se integró a la Universidad Popular.
Cuenta en “Inolvidable Sión” (Editorial “De los cuatro vientos”, Bs.As., 2006), que su padre soñaba con que aprendiera a ejecutar el clarinete, para incorporarla a la Banda de Música Municipal, lo que de haberse logrado hubiese sido la primera vez en que una mujer se dedicara a tal actividad. Pero ella se resistió a aprender el instrumento cuando se descubrió los mofletes que se le formaban cuando soplaba. La “gloria” la encontró después su hermano Alfio, con cinco años, cuando su padre le calzó un uniforme y gorra, y le dió el mando de un redoblante. Rosalinda comenta al respecto: “Mi hermano pasó a ser el único integrante de la Banda Infantil, creada más tarde, que no sabía leer ni escribir. En las retretas, la gente se agolpaba alrededor para ver al músico liliputense”.
Ella aprendió piano en la Escuelita de Música, y su primer profesor fue Vicente Scordo, hijo de Nazareno, aquel inmigrante italiano que dirigiera la Banda años atrás. Sobre este músico, comenta: “Al padre de Vicente Scordo lo veía dirigiendo la Banda pero nada más ¡Yo tenía 8 años!”.
Como ya lo comentamos antes, Vicente fue quien convocó a Luis Omobono Gusberti al Chaco, cuando ambos se quedaron sin trabajo como músicos de las salas de cine mudo de entonces.
Rosalinda, desde muy joven, dio conciertos, invitada por el propietario de la Agencia “Breyer”, Sr. Fornari. Así comenzó a ganarse algún dinero en retribución. En su último envío postal, me informa que Esmeralda Aguilar (quien también aparece en la fotografía de la Escuela de Música; enfermera de profesión y tía de la periodista Élida Aguilar de López) “nos tomaba las lecciones de teoría y solfeo (…) Cuando me casé tuve transitoriamente un profesor de piano que venía a domicilio: Ángel Célega, y aquí en Buenos Aires, fui al Conservatorio Fornari, de la hija del Fornari que allí (en Resistencia) tenía la Casa de Música”.
Referido al maestro Ángel Célega, debo agregar que actuaba como acompañante de artistas que visitaban la ciudad. Uno de ellos fue el tenor Miguel Gómez Pacella, de quien ya hablamos en un artículo anterior.
En el libro antes citado, relata que la intensa relación afectiva con quien luego sería su primer esposo comenzó justamente en aquellos conciertos promocionales de la Casa Breyer. Al enamoramiento de la mujer en ciernes sobrevino una tormenta familiar por diferencias religiosas que marcaron para toda la vida a Rosalinda. Fue entonces cuando debió sufrir el “desgarro” que la separó de su familia por muchos años, historia sobre la que vuelve una y otra vez en sus escritos, seguramente buscando cicatrizar las profundas heridas que le produjeron.
Rosalinda también integró un conjunto orquestal con su padre y hermano, y escribió la letra de tres piezas musicales a las que Alfio Gusberti puso música, a saber: “Ya Nunca Más”, bolero (23-08-46); “Lamento”, Fox-lento (17-03-47) y “Solo tú”, bolero ( 02-08-47). Me las envió por correo postal, incluyendo la partitura del vals que lleva su nombre, que en 1956 le dedicó especialmente su papá Luigi y que en uno de sus versos dice: “Suave, angelical, dulce es tu mirar. Hija, tú eres fe, luz y amor en este mundo terrenal (…)”.
A la izquierda, una de las realizaciones musicales que compusieron los hermanos Rosalinda y Alfio Gusberti en marzo de 1947. A la derecha, la partitura del vals que le dedicó su padre en 1976 (Gentileza Rosalinda Gusberti)
EL CHACO EN FOTOGRAFÍAS (Autor: Jorge Castillo)
EL GRUPO DE DOCUMENTACION DE LA ESCUELA NORMAL
Desde hace muchos años investigo distintos aspectos culturales de nuestra provincia. Actualmente estoy centrado en indagar acerca del artista Crisanto Domínguez y su entorno, por un lado, y la música y los músicos del Chaco, por otro. La búsqueda de información es ardua y lleva mucho tiempo, pero los resultados son gratificantes, porque me permiten descubrir conexiones y entretelones de una historia que la mayoría de la comunidad ignora, y que es rica en significaciones, a la vez que hace a la identidad cultural y por ende, favorece una mayor y mejor integración de los ciudadanos a su ambiente natural y cultural.
Los datos escritos en antiguas publicaciones o la versión de algún viejo poblador ayuda a encontrar el nexo entre hechos y a explicar muchas veces algunos acontecimientos del pasado o del presente. De la misma manera, pero en sentido inverso, el desconocimiento de otros hechos, o la desaparición de documentos probatorios, dan por el suelo con las mejores intenciones. Es acá cuando las fotografías cobran un sentido inestimable, porque muestran no solamente el objeto y los sujetos que se quisieron fotografiar, sino también su entorno; el contexto en donde se desarrollaba la escena registrada, lo que ubica en época y lugar, por lo general, y también da cuenta de lo que se retrata.
La imagen visual, por eso mismo, es fundamental para distinguir o reconocer situaciones del pasado o del presente, junto con documentos escritos e historias verbales. Pero es necesario que se ordene todo este material, y se lo clasifique por fecha y por temas. Caso contrario, pierde su valor y es “letra muerte” que nadie puede leer. En mi búsqueda de información, me he encontrado con magníficas fotografías que al no tener referencias, no dicen nada. Y es por ello que abogo desde hace años por un cuidadoso registro de los hechos, y una correcta clasificación, a la que no puede faltar la contextualización, es decir cuándo, dónde, quiénes, en qué, para qué.
Lo que sigue es un intento de rescatar del pasado una experiencia que marcó en muchos sentidos mi vida, como seguramente lo hizo con quienes la compartieron, y en donde las fotografías y las vocaciones tuvieron mucho que ver.
Desde 1980, convocado por su Director, Carlos Alberto Cicuta, llevé a cabo una experiencia de Orientación Vocacional Vivencial en la vieja Escuela Normal “Sarmiento”, de Resistencia, con los alumnos de 4to y 5to. años.
Se trataba de una serie de actividades creativo-recreativas con adolescentes de ambos sexos, quienes integraron posteriormente el “Grupo de Documentación de la Escuela, que cumplía las veces de “memoria”de la institución, registrando fotográficamente y a través del cine y del incipiente video, las distintas actividades del establecimiento. Organizaba encuentros con profesionales para trabajar sobre las variadas salidas laborales existentes, con la idea básica de que pudieran tener un panorama más claro acerca del campo profesiográfico, y que vivieran experiencias concretas que los vinculara con las artes y oficios relacionados con la comunicación (de ahí lo de “vivencial”), como para evaluar el grado de interés que esas actividades les producían y poder elegir su futuro profesional con mayor efectividad.
Durante tres años se trabajó en revelado de fotografías, clases elementales de cine y se intentaron algunas experiencias audiovisuales, coincidiendo con el aniversario de la Escuela.
Alumnos de la Escuela Normal en una sesión de revelado de fotografías. La ampliadora fue adquirida por la Cooperadora del Establecimiento, por sugerencia del Profesor Carlos Cicuta, quien apoyó desde el principio la experiencia. (Fot.Jorge Castillo, 1982).
Iso-logo del grupo, elaborado sobre el tradicional distintivo de la Escuela Normal.
El actor José Fuentes la sazón Promotor Teatral de la Subsecretaría de Cultura de la Provincia, quien había actuado anteriormente bajo la dirección de Héctor Veronese y también en películas realizadas por mí a mediados de la década de los años 1970, dictó un tiempo clases de teatro. Radicado en Buenos Aires desde hace veinte años, recibió un merecido homenaje –junto a otros teatreros- en el reciente Festival Nacional de Teatro que se realizó en Resistencia la semana anterior.
José Fuentes dictando su clase de Teatro a un grupo de alumnos (Fot. JorgeCastillo, 1981)
Parte de ese grupo comenzó a remar en el río Negro como otra forma de integrarse al medio y conocerlo. Hay una anécdota referida a este hecho, que en otro artículo comentaré.
El resultado fue altamente gratificante, no tanto por la cantidad de participantes, sino por el interés demostrado y los progresos que hubieron, que pone en evidencia que este tipo de actividades despierta en los jóvenes vocaciones latentes, aunque los adultos por lo general prefieren obviar, apegados a currículas rígidas y disociadas de la realidad cotidiana.
La participación de los alumnos fue absolutamente voluntaria, y se hacía fuera de los horarios de clases, muestra cabal de que los jóvenes habían encontrado en la Escuela una respuesta a sus necesidades expresivas.
Es que de eso se trata la Educación: dar elementos a la persona para que pueda desarrollar sus potencialidades y transformarse en un ciudadano integrado y creativo.
La experiencia fue posible por el apoyo de la Dirección de la Escuela, a cargo del Profesor Carlos Alberto Cicuta (fallecido en junio de 2002), quien autorizó el acondicionamiento de un aula como “cuarto obscuro” y centro de reunión del Grupo de Documentación, y la compra de una ampliadora. Más tarde se agregó un proyector Super-8, obsequio de un grupo de ex-alumnos interesados en la experiencia y como forma de estimular el trabajo de alumnos y profesor.
Grupo de Documentación y su coordinador, en el frente de la Escuela Normal. (Fotog. Grupo de Documentación, 1981)
Algunos de esos jóvenes siguieron desarrollándose en esta dirección. Los demás tomaron otros caminos, y hoy son Ingenieros, Médicos, Docentes, Técnicos, Periodistas o Músicos, pero en cada encuentro con alguno de ellos, reiteran que aquellas prácticas vivenciales y la camaradería que se generó, les resultaron de mucha utilidad.
De aquella experiencia, entonces, no quedan solamente las fotografías que obtuvimos y revelamos entre todos; ni los entrenamientos de remo en el río Negro en los legendarios cuatro largos con timonel, hoy desaparecidos en el Club de Regatas. Quedan también aquella alegría de ver aparecer la imagen por efecto del revelador, y las timideces superadas a través de la breve pero intensa experiencia teatral que coordinó José Fuentes; o los actos que nuestro grupo fotografiaba, filmaba y/o grababa en audio. Lo que perdura, además, es el convencimiento de que “todo lo que se hace con amor está bien hecho” –como dijera Vincent van Goog- y que “obras son amores”.
LA COMISION DE RECUPERACIÓN DEL RIO NEGRO (Segunda Nota)
En el artículo anterior hablamos del origen y la trayectoria de la Comisión. Lo seguimos haciendo en esta nueva entrega, incluyendo los reconocimientos que recibió a lo largo de su extensa gestión y las principales acciones encaradas, con un balance final.
RECONOCIMIENTOS
La Comisión de Recuperación del río Negro ha sido distinguida en diferentes oportunidades por instituciones nacionales y provinciales, por su ininterrumpida gestión ambiental, y a su vez, ha instituido desde 1983, una distinción de honor a instituciones deportivas, escolares, de reparticiones del gobierno provincial y personas que demostraron a través de sus actitudes, un compromiso auténtico en la defensa del ambiente -en general- y en especial del río Negro. Se trata del Diploma de Honor de Defensor del río Negro.
En lo estratégico, consideramos desde el principio que debíamos ocupar los lugares que hasta este ese momento nadie había ocupado para la discusión de los temas que hacen a la salud y calidad de vida de la población. Así, la Comisión de Recuperación del río Negro, aunque no estuviera registrada en la Dirección de Personas Jurídica, tenía sus representantes en la Comisión Asesora Ad-Honorem para la localización de Balnearios en el Gran Resistencia y en la Comisión Ad-honorem para la Preservación y Mejoramiento del Ambiente y la Calidad de Vida, creada por Resolución Municipal Nº 653/90, pero que en la actualidad ya no se reúne por decisión de las autoridades municipales, que prefieren no tener voces que contraríen sus acciones inconsultas.
También actuó estrechamente ligada a otras entidades de bien público y profesionales, en la Comisión de Asesoramiento para las Defensas contra inundaciones del Gran Resistencia y en el grupo asesor del Código de Ordenamiento Urbano-Ambiental, de la Municipalidad de Resistencia, en la Comisión Honoraria de Edificios y Sitios de Valor Histórico Ambiental, creada por Resolución Municipal Nº 956, del 28 de diciembre de 1994, y la Comisión Asesora para la Preservación del Patrimonio Natural y Cultural del Chaco, creada por Ley Provincial Nº 4076/94, y a través de las cuales procura recuperar y/o defender los lugares históricos, geográficos y artísticos que forman parte del patrimonio de nuestra provincia, legado por nuestros antepasados y que tenemos la obligación de preservar para las próximas generaciones, más allá de planteos ideológicos o políticos tendenciosos. Es la única Comisión de las que integramos alguna vez que sigue en actividad.
A fines del año 1996, la Comisión de Recuperación del río Negro contribuyó a la creación de la CADEIA (Comisión de Evaluación del Impacto Ambiental) que integró hasta que los funcionarios –como sucedió en las otras comisiones mencionadas- decidieron unilateralmente disolver dicho ente, por oponernos algunos de sus integrantes a políticas de Estado incoherentes o anticonstitucionales.
El accionar de la Comisión y de quienes la constituimos y nos apoyan, muestra no solamente su vocación comunitaria, sino el reconocimiento desde las organizaciones no gubernamentales y estatales del orden provincial y municipal, junto a los cuales sigue trabajando para recuperar el río Negro, paralelamente a su acción didáctica en Escuelas y Bibliotecas del medio con el fin de estimular a niños, jóvenes y docentes a preservar el ambiente, que es una manera de promover la conciencia de que somos dueños soberanos del lugar en que vivimos y sus custodios permanentes.
Cuando el Club de Regatas Resistencia se encontraba en la ribera izquierda del río Negro, enfrente al Balneario municipal. Los botes de competición y de paseo constituían el valioso patrimonio náutico del Club hasta que distintas comisiones directivas que prefirieron apoyar otros deportes, desguazaron ese parque náutico y abortaron así con los sueños de sus fundadores. Al fondo, el puente levadizo (Fotógrafo Pablo Luis Boschetti, 1935)
DEFENDER EL RIO NEGRO
Para quienes estamos en esta tarea desde hace años, la gestión iniciada implica antes que nada el reconocimiento insoslayable de que pertenecemos al paisaje que nos rodea y que todo lo que a éste le pase, nos compromete irremediablemente.
Nuestra campaña pretende dar cuenta de lo que somos y lo que queremos para nosotros y nuestra comunidad y el tipo de relación que mantenemos con ese medio geográfico, pero también con el más específico que caracteriza y condiciona a las comunidades humanas: el ámbito cultural. En este espacio -que define la vida de los hombres- la gestión ambiental cobra el significado exacto que creemos debe tener: el de interpretar permanentemente la conflictiva del ecosistema a la luz de los complejos intercambios psicosociales en juego en la sociedad. A partir de esta visión, desde el momento mismo de iniciada la campaña comprendimos que no se puede cuidar o recuperar un aspecto aislado de la Naturaleza sin tener en cuenta las múltiples interrelaciones que se producen en ese ecosistema al que pertenece.
También entendimos -a poco de andar- que para asegurar el éxito de la gestión hay que tener en cuenta forzosamente la dimensión ética, y un profundo convencimiento de que vale la pena luchar. En esto estamos desde hace treinta años.
Las actitudes de los pobladores ribereños -paradójicas como todo acto humano- hablan de esa relación ambivalente que tenemos con los elementos que nos rodean. Y esta ambivalencia, a lo largo de los años, ha ido condicionando a los hijos y nietos de esos pobladores, quienes ante las inundaciones periódicas por desbordes del río Negro desean quedarse en sus viviendas a pesar de los inconvenientes, porque realmente aman ese paisaje y mantienen una relación afectiva positiva con el mismo.
Están también los advenedizos, quienes pretende modificar a gusto el ecosistema, alterando burdamente las riberas; descuajando sus árboles; ganando terreno al río; arrojando líquidos cloacales o -lo que es más grave, aún, porque implica connivencia con funcionarios corruptos que "no ven" o "no entienden" tales infracciones- construyendo sus viviendas y/o "defensas" sobre zonas que pertenecen exclusivamente al ecosistema, y que tienen como función natural permitir al río en creciente su expansión a lo alto y a lo ancho del paisaje. Barrios que se pretenden construir en terrenos inundables, así como el edificio de la Cámara de Diputados, en la misma zona, hablan de grave disociación de los funcionarios que autorizan semejantes emprendimientos contra toda lógica y a contramano de las normas de seguridad que deben respetarse a rajatabla aquí como en el resto del mundo.
Ante este panorama, la gestión ambiental iniciada por la Comisión de Recuperación del río Negro en 1979 se propuso devolver a ese curso de agua si no todo, por lo menos parte de sus antiguas características; básicamente aquellas que lo caracterizaron desde siempre, tales como ser cita obligada para la recreación y solaz de la población de diferentes localidades por la que atraviesa en su ondulante recorrido. En este sentido, cuando las condiciones del río lo permiten -no es el caso actual, en que se mantiene taponado por miles de millones de plantas acuáticas que ya no dejan navegar- se organizan festivales náuticos con la participación de remeros de Resistencia, Barranqueras, Corrientes y otros lugares de la provincia y del país.
También se promovieron otras actividades deportivas tales como competencias pedestres, de bicicleta, y artísticas (concurso de fotografías y de manchas), para estimular en niños y adultos el deseo de retornar al río y reincorporarlo como elemento fundamental de su paisaje, a través de una transformación gradual de esas pautas culturales que descalificaban el valor paisajístico y la necesidad de preservación de ese ámbito natural.
Es en este tema en donde encontré yo en particular, campo propicio para desarrollar y conceptualizar temas que intentan explicar desde la Psicología Ambiental, el por qué las conductas autodestructivas del hombre; la indiferencia ante la pérdida de su patrimonio y la obcecada tendencia a insistir una y otra vez en los mismos errores.
Como ya queda dicho, también se trataron de ocupar todos los espacios disponibles dentro de la vida comunitaria organizada, ante la evidencia de que la desidia e indiferencia de ciudadanos y funcionarios que no se identifican con los anhelos de la población, habían desencadenado el estado actual del río, por actitudes negativas de la población, que ocupada en otros menesteres le fue dando la espalda y por lo tanto, perdió la percepción global del mismo y no pudo darse cuenta a tiempo del grave deterioro que lo afectaba.
Esta "ocupación de espacios" consiste básicamente en la inclusión de miembros de la Comisión de Recuperación del río Negro en comisiones asesoras convocadas por el Estado, por un lado, y la participación activa en la redacción de anteproyectos de leyes que benefician el ecosistema, así como una constante colaboración con los medios de comunicación escritos, orales y televisivos para revertir los comportamientos anómalos. En este sentido, como ya señalamos antes, se observa una disminución notoria del apoyo de ciertas empresas editoras, comprometidas hoy con corporaciones comerciales interesadas en que el “progreso” mal entendido continúe colonizando lo que queda del río Negro y su paisaje. Y desde los ámbitos oficiales han dejado de convocarnos para participar en reuniones tendientes a opinar acerca de temas ambientales sensibles, como una manera de acallar los argumentos que no favorecen a los socios del poder de turno. Maniobra desleal –y esperable en los niveles crecientes de “globalización” a que está llegando el Estado débil- que nos ha marginado notoriamente de los niveles de decisión ciudadana.
Nuestra acción incluyó en varios momentos tareas de limpieza de la vegetación que obstruye el río Negro. La primera experiencia ocurrió en 1979, cuando un grupo de estudiantes de 5to. año de la Escuela Normal, cuya profesora orientadora era la Sra. de Recalde, concurrió al ex-balneario municipal para intentar liberar el cauce del río Negro. El gesto no sensibilizó a ningún funcionario de aquella época, como tampoco lo hizo posteriormente, a pesar de que remeros del Centro de Navegantes del río Negro y del Club de Regatas poníamos en riesgo nuestra salud macheteando los vegetales o tironeando desde la ribera, para retirar los troncos y permitir la navegación.
Como acto desesperado, en 1984 terminamos de construir un artefacto ideado para limpiar mecánicamente el río. Colaboraron ingenieros de la UTN en algunas sugerencias técnicas y la Chacarita “Abraham”, la que donó gran parte del material que se utilizó en su construcción, pero nunca lo pudimos hacer funcionar debidamente por carecer de un motor adecuado.
El día cuando fue botada la Mototrituradora “Piok”. Sigue faltando un motor para hacer los ajustes finales. (Fotog. Jorge Castillo, Puerto “Sañeia”, Resistencia, 1994. Desde 1997 es bien patrimonial de la Fundación Ambiente Total
Dentro de la prolongada y permanente acción de la Comisión de Recuperación del río Negro, diseñamos otras estrategias comunicacionales, como el concurso de fotografía “El río que tenemos; el río que queremos” (en 1987, con el auspicio de la Municipalidad de Resistencia) y continuamos promoviendo los deportes náuticos, a través de una Escuela de Canotaje para jóvenes del barrio Miranda Gallino y de las Escuelas de Educación Especial Nº 2 y 11, llegando incluso a competir con otros clubes ribereños en 1985. A pesar de la indiferencia o ilegalidad que muestran muchos, conseguimos no obstante que en estos treinta años de vida se instale el conflicto y el deseo de resolverlo en torno a esta problemática, alcanzando algunos de los objetivos propuestos al inicio de la gestión, principalmente el de promover en la población el conocimiento de la situación, que obviamente, es la de todo el ecosistema, del cual el río Negro es un elemento más.
A la izquierda, afiches del concurso de fotografía (1987). A la derecha, Remeros de la Escuela de Canotaje del Centro de Navegantes del río Negro junto a jóvenes de las Escuelas de Educación Especial “Telma Reca” y para Jóvenes Hipoacúsicos, entrenándose para próximas competencias, en diciembre de 1985. (Fotog. Jorge Castillo, Puerto “Sañeia”, Barrio Miranda Gallino, Resistencia, 1985)
REFLEXION FINAL
De aquel acto inaugural de nuestras actividades, como así también de toda nuestra actuación hasta el presente, existen cientos de artículos y cartas de lectores en todos los diarios de la ciudad, como así también denuncias y juicios a los infractores, que hasta ahora no se resuelven. La Biblioteca Popular “B. Rivadavia” alberga un abundante archivo al respecto –donado por nuestra Comisiòn- al que se comprometió a actualizar periódicamente.
También queda el deseo -no satisfecho todavía- de ver al río Negro recuperado de verdad; apto para la pesca y la recreación; medio natural y placentero para la navegación y por sobre todas las cosas, expresión sólida de parte del patrimonio que debemos preservar, que nos recuerda que más allá de los arribistas; de los mercaderes de lo ajeno; de los piratas del paisaje y de los funcionarios deshonestos, tenemos el deber de conservarlo y defenderlo. (Art. 38 de la Constitución de la Provincia del Chaco).
A la izquierda, río Negro en bajante (Fotog.: J. Castillo, Resistencia, vacaciones de julio de 1968). A la derecha, isologotipo de la Comisión de Recuperación del río Negro (J.Castillo, febrero de 1979)
LA COMISION DE RECUPERACIÓN DEL RIO NEGRO (Primera Nota)
En la permanente búsqueda de información que vengo realizando desde hace unos años –y que me provee de importantes testimonios con los que elaboro los artículos que se publican en esta sección- suelen darse situaciones muy diversas; a veces jocosas; otras fastidiosas y las más, gratificantes, no por el mayor o menor esfuerzo que me demandan, sino por los datos que me brindan.
Es lo que sucedió hace unas semanas cuando buscando completar la serie de unos artículos que había escrito Eduardo Bértola en “desde Francia, una de las encargadas del Archivo Histórico me mostró una fotografía que perteneciera al diario “El Territorio” y en la que aparezco yo entre otros. Se trata de una toma efectuada en el estreno de la película documental “Río Negro Pre-Mortem”, que había realizado recientemente y que la exhibí en el Club de Regatas el 16 de febrero de 1979.
De esta manera, me reencontré con el primer documento fotográfico que da cuenta del nacimiento de la Comisión de Recuperación del río Negro, hace ya treinta años.
En la fotografía aparece gente a la que había invitado especialmente para esa función, pero –como siempre ocurre- otra que recién ahora descubro que estuvo en esa oportunidad, y que aún no conocía, aunque después colaboró activamente en la defensa de nuestro río. En primera fila, se encuentran mis padres y el matrimonio Domínguez. Yo estoy preparando el rollo de la película “Río Negro pre-Mortem”, que se estrenaba esa noche, mientras a mi derecha, Oscar Estévez –a la sazón funcionario de la Dirección de Cultura y experto en medios audiovisuales- colaboraba acondicionando el rollo de la película que habíamos pasado antes –“Río Negro 1976”- también en Super-8 y con sonido incorporado, que registra dos excursiones náuticas que realizamos en aquel año remeros del Club de Regatas, hacia Puerto Tirol, una y hacia Barranqueras la otra
En dicho filme ya se enuncian los serios problemas que hoy agobian al río, y queda registrado por única vez el desvío del curso del río –y los problemas que acarreaban a la navegación- que fue realizado para empezar las obras del tristemente célebre dique regulador, que colapsó años después, en 1982, poniendo en evidencia la precariedad de las obras del hombre cuando se encapricha en competir con la Naturaleza.
La destrucción del dique y los impactos ambientales producidos fueron anunciados por nosotros un año antes –eran evidentes las fisuras en la obra- pero nadie tomó en serio las denuncias.
En la fotografía también se lo ve a Ramón Vargas, en el fondo, y hacia la derecha, la Arquitecta Teresa Valdés, acompañada aquella noche por sus colegas Cristina Magnano y Hugo Martina. Ellos conformaron el grupo inicial de la Comisión de Recuperación de río Negro.
Aparecen también Elba Pitteri de Moro, Elsa Simons, Guillermo Zapiola y varios remeros de aquel entonces, que siempre nos acompañaron en la lucha.
Firmes y atentos para ocuparse del río Negro, se los ve a Lilián Beveraggi de Rossi y Abraham Nadelman. Alfredo y Vina Meneghini se estaban preparando para colaborar.
LA COMISION Y ANTECEDENTES
Esa misma noche del l6 de febrero de l979, constituimos la Comisión de Recuperación del río Negro, a través de la cual nos hemos venido ocupando incansablemente de la defensa del río Negro y su ecosistema, llevando a gran cantidad de localidades chaqueñas y del resto del país su mensaje de respeto y defensa de la vida.
Pocos meses antes de su fundación, se había producido a lo largo del río una gran contaminación, debido entre otras cosas a los efluentes tóxicos arrojados por fábricas, frigoríficos y mataderos ubicados en sus márgenes. A eso se sumó la existencia del llamado Dique Regulador de Barranqueras terminado de construir meses antes y en el que la Provincia del Chaco hizo un gasto económico muy grande. Al estar mal diseñado y deficientemente construido, en lugar de servir para lo que se lo había hecho, contribuyó grandemente a aumentar la contaminación del curso de agua por el tabicamiento artificial que generó en el río y el estancamiento del líquido. Posteriormente se produjo el colapso que comentábamos antes.
El dique fue un ejemplo de lo que no debía hacerse. La mole de hormigón –con un diseño que no era el adecuado para nuestra zona- obstruyó el libre escurrimiento de las aguas al tener un desnivel de cuatro metros respecto al lecho del río, lo que lo estancó durante meses. Sumado esto a la polución que ya presentaban sus aguas, creó condiciones químicas alarmantes, que hicieron que proliferaran gérmenes patógenos, y creciera desmesuradamente la vegetación acuática, la que cubrió muchísimo tiempo totalmente el río Negro.
Una retroexcavadora montada sobre flotadores retirando los obstáculos debajo del puente San Fernando. Un solo operador basta, y otro ayudante desde la orilla, para asistirlo ante cualquier emergencia o recambio. Es lo más económico y efectivo probado hasta el momento. El uso de canoas y operarios con machetes también contribuye. (Fotografía J.Castillo, junio de 1984)
En aquel entonces, fue por ese motivo; hoy, más que nada por la desidia y el abandono a que lo han condenado los gobernantes de turno en los últimos años.
La solución comprobada es simple y económica: retirar los troncos y vegetales que taponan los puentes y abrir las compuertas del dique de Laguna Blanca, para que la fuerza de la corriente arrastre los obstáculos.
La severa contaminación aumentó los problemas de la fauna ictícola, ya que al estar podridas sus aguas, el poco oxígeno que quedaba fue consumido totalmente por la inmensa masa vegetal, formada por camalotes de todo tipo. Por esta situación murieron millones de peces a lo largo de toda la cuenca y se llenó de muerte y olores nauseabundos el río. Esta desgracia fue el desencadenante de la indignación popular, y obligó a muchos que permanecieron indiferentes hasta ese momento, a comprometerse en la lucha por recuperarlo.
La Comisión de Recuperación del río Negro quedó constituida por ciudadanos amantes de la naturaleza y de los deportes náuticos, tales como el remo y la pesca. Este grupo inicial estuvo integrado por el matrimonio Vina Bianchi y Alfredo Meneghini; Lilián Beveraggi de Rossi; Teresa Valdés, Hugo Martina y Cristina Magnano; Mario Bianucci, Jorge Castillo, Elena Codutti de Sanchís, César Cingolani y Abraham Nadelman. Por diferentes motivos, muchos de ellos ya no integran la actual Mesa Ejecutiva de la Comisión, pero siguen colaborando de alguna manera o nos han dejado su solidaridad y ganas de seguir defendiendo el ambiente. Desde 1997, se institucionalizó la Comisión a través de la Fundación Ambiente Total (FunAM)
Debe recordarse que la nuestra es la primera gestión ambiental iniciada por una organización no gubernamental de que se tenga memoria en la Provincia del Chaco, y posiblemente una de las primeras en todo el país. Su acción persiste hasta nuestros días por sobre la indiferencia de muchos y la anomia de funcionarios que se niegan a aplicar la legislación vigente.
Los medios de comunicación social de la Provincia nos apoyaron durante todos estos años y algunos aún lo siguen haciendo, si bien reciben presiones por parte de corporaciones comerciales e inmobiliarias que no se resignan a cumplir con la Ley y su prohibición de ocupar el valle de inundación del río Negro.
Varios diarios, canales de TV abiertos y cerrados y programas de radio que antes nos habían apoyado francamente y fueron decisivos para hacer tomar conciencia a la población, hoy se niegan a publicarnos nuestras denuncias o pretenden fijar condiciones rastreras. En algunos casos han publicado ataques arteros por parte de quienes se han visto afectados en sus intereses personales por nuestra campaña, aún sabiendo que eran injustos e inmerecidos, pecando de una deslealtad que no se comprende.
En este sentido, debemos reconocer que lejos de mejorar la situación, ahora se ha complicado más, porque los infractores cuentan con mayor número de cómplices que ocultan sus fechorías y porque la comunidad no conoce esta situación creada y no hay forma de comunicarlo.
Está desembozadamente ausente el cumplimiento del Artículo 38 de nuestra Constitución Provincial, que estipula claramente que “todos los habitantes de la Provincia tienen el derecho inalienable a vivir en un ambiente sano, equilibrado, sustentable y adecuado para el desarrollo humano, y a participar en las decisiones y gestiones públicas para preservarlo, así como el deber de conservarlo y defenderlo (…)”.
El último subrayado, especialmente, es el que ya no tienen en cuenta los medios informativos que antes nos apoyaban sin condicionamientos y que hoy prefieren publicitar las obras de los infractores, ya sean estos grupos privados o funcionarios que no cumplen con las leyes y ordenanzas vigentes. Quienes nos censuran hoy, están vedando nuestro accionar en beneficio de la comunidad.
Duele esta actitud, ante la cual nos reconocemos impotentes, ya que jamás podríamos costear una solicitada o publicidad paga, cosa que sí pueden hacer los infractores, para injuriarnos y descalificar nuestro accionar.
La campaña, sin embargo, conserva su consigna original que es expresión de deseos de la comunidad: “Quiero usar mi río”. Su proclama de siempre es que, solo se puede defender lo que se ama, y para amarlo, hay que conocerlo. A través de charlas, participación en jornadas, publicaciones en los medios de comunicación y excursiones náuticas denominadas "Quiero conocer mi río", la Comisión fue tejiendo una conciencia social en torno a la necesidad de rehabilitar ese curso de agua para uso y solaz de la población. Pero no todos respetan “(…) el derecho inalienable a vivir en un ambiente sano, equilibrado, sustentable y adecuado para el desarrollo humano (…)” como impone la Constitución (Art. 38).
Los funcionarios también violan los reglamentos y ya no sancionan a los infractores.
En el próximo artículo hablaremos de los reconocimientos que hemos obtenido en todos estos años y algunas estrategias de funcionamiento que implementamos. No está muerto quien pelea.
Niños pescando en el Paseo de los Inmigrantes, antes de que la Municipalidad desnaturalizara el lugar y arruinara la playa (Fotg.: J.Castillo, Festival Náutico realizado en1986)
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PRIMER LARGOMETRAJE CHAQUEÑO (Y ÚLTIMO)
En julio próximo se cumplirán treinta y cuatro años de la realización de “Nosotros y los Otros”, la experiencia cinematográfica llevada a cabo por un grupo de locos lindos que se apoyaron mutuamente y sin condicionamientos para llevar el proyecto al pequeño celuloide del paso Super-8, el mismo que en Francia comenzaba a utilizar Jean Luc Godard para demostrar que el cine no tiene limitaciones de formato, pero si un lenguaje que es necesario revivir en cada realización.
Desde la posición ideológica que nos sustenta, sostenemos que no hay cultura separada del ambiente natural; de la historia local; de los mitos y creencias regionales. Que la cultura es a imagen y semejanza del hombre que la crea; mejor aún, de los pueblos que integran esos hombres, transformados en comunidad.
La experiencia nos sirvió a todos quienes intervenimos en aquella realización, pero especialmente a quienes asumimos el compromiso de producir y dirigir el filme porque pudimos integrarnos más y mejor al ambiente en que vivimos y establecimos importantes relaciones de amistad con muchos de los actores, lo que nos permitió reincidir varias veces más en experiencias creativas de ese tipo. Seguramente en esa época empezamos a forjar eso que cuatro años después y aliados con otros amigos de igual fuerza y convicción que los actores de la película, nos llevó a crear la Comisión de Recuperación del río Negro. La historia se hizo a fuerza de machacar acerca del derecho que nos asiste a los ciudadanos de disfrutar el ambiente en que moramos y a gozar de una buena calidad de vida. También para esta campaña, que continúa en el presente, contamos con la colaboración de los medios de información.
Entre otros aspectos positivos, con “Nosotros y los Otros” nos ganamos el cariño y el apoyo de la gente; el estímulo de la prensa local –incluso algunos comentarios publicados por diarios nacionales como “Clarín” y “La Nación”- y la amistad de periodistas como Eduardo López, Cristina Matta, Luis Moro, Guido Miranda y Carlos López Piacentini o Ceferino Geraldi, etc. El “polaco” Derewicky, quien en ese entonces trabajaba aún para “El Territorio”, nos ofreció la vieja teletipo para generar los caracteres de los créditos del filme. Faltaban por lo menos veinte años más para que pudiéramos editar nuestros videos en computadoras.Los colaboradores fueron incontables. Podemos recordar a quiénes participaron en la experiencia leyendo el programa costeado por la legendaria empresa “Olegario”, de la familia Valdés, diseñado por Luis Nachón, quien ofició también de fotógrafo y representó el “borracho” perdido que en la película –en la escena de la bailanta- se esfuerza en atraer la atención de “Doña Filomena” (Chichin Obal) buscando pelea con el peón (Carlos Jolinont, quien también en escenas posteriores del mismo filme personificara al matador de Isidro Velázquez). 
La banda sonora merece un comentario aparte: fue compuesta por nosotros en base a tres melodías simples: “Romance”, un trío para el inicio y el final; “Pastoral”, para el desarrollo y “Danza del Pombero” -imitando la sonoridad de los conjuntos tobas- para la escena festiva en el campo de girasoles. Colaboraron Juan Lansky, en guitarra, y Ricardo Lombardo, en flauta dulce, “n’viké” y percusión. La compaginación sonora se hizo en el estudio de Jorge Ott.
Anverso y reverso del programa del largometraje chaqueño. (Diseño, Luis Nachón; publicidad “Olegario”, 1975).
La participación de tanta gente superó el optimismo inicial, porque hasta hoy cuesta creer tanta buena voluntad puesta al servicio de una causa cuyos resultados nadie podía dar fe que pudieran servir para algo, y que sin embargo significó un mojón hasta hoy no modificado, cual es el de ser “primera, única y última película de largometraje hecha en el Chaco, con actores y director locales”, como decíamos en aquel entonces, orgullosos de estar contribuyendo de esta manera, aunque sea en pequeña medida, a consolidar el patrimonio cultural de nuestra provincia.
El día del estreno fue el domingo 20 de julio de 1975, en la sala de la ENET Nº 1. Una larga cola de público había estado pugnando por entrar desde hacía una hora y media antes, habiéndose agotado las entradas antes de lo previsto, para alegría de ATTACH, la Asociación de Trabajadores de Teatro del Chaco, que auspició esa función y todas las que se sucedieron después, especialmente en barrios del Gran Resistencia y otras localidades del interior chaqueño, y una en Santa Fe. Eran otros tiempos, y Ricardo Bosch y María Luisa Tarnoski; Josecito Fuentes, Chichín Obal y Carlos Canto, por ejemplo, alambraban junto a Eduardo Jara, Hector “Pombero” Veronese y Lina de Soto, orgullosa ésta última de haber podido llorar una vez más como en aquellas giras teatrales por el interior. 
Héctor Veronese como Pombero. Se hará amigo de un “mochilero” Ricardo Bosch) que recorre el monte chaqueño e interactúa con personajes mitológicos de la región. (Fotog. Jorge Castillo,
Lina –ya entonces varias veces abuela, y por añadidura suegra de Deolindo Felipe Bittel, a la sazón Gobernador del Chaco- se autoproclamaba (y de hecho se consagró como tal) “especialista en llanto” y por cierto que sabía hacerlo muy bien. Cuando fuimos al cementerio de Machagai para registrar el momento en que la madre de Isidro Velázquez visita la tumba de su hijo, hizo su trabajo tan eficientemente que una familia integrada por los padres y un niño, se aproximaron compungidos a Lina para consolarla, creyendo que se trataba de verdad de la madre. Nosotros, como diciendo “tierra tragame”, emprendimos la retirada, no sea que esa gente se percatara que todo era una representación.
La noche de la “premier”, los vecinos, los amigos y los parientes, pero también público en general, se mantuvieron estoicamente a la intemperie a pesar del plantón y del frío, hasta que pudieron entrar. Es que los diarios se habían encargado de promover el filme generosamente durante largos meses y la expectativa de la gente era grande. 
Tras el final de la película, vinieron los aplausos y la rabieta de algunos, en la cabina de proyección, porque no pudimos solucionar algunos problemas técnicos que de haberse previsto no se hubieran producido. Pero en general, todos quedaron contentos de haber escrito un capítulo impensado de la historia local. Una linda experiencia que los protagonistas seguimos recordando con respeto y placer, porque permitió que ensayáramos nuevas formas de comunicación e intentáramos construir de un proyecto individual, uno que alcanzó, al final, la dimensión de lo comunitario.
Como siempre decimos en los aniversarios, feliz cumpleaños, brujas, lobizón, Pombero, mochilero, diablos, Isidro Velásquez y demás personajes. Y especialmente, muchas gracias a los amigos que hicieron posible que el saber popular adquiriera –aunque sea por un tiempito- el valor agregado que el “progreso” se empeña en no reconocerle
Qué más se puede pedir para ser felices, que después de cantar a la aldea -y de gozar con ello- los demás nos aprueben.
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ENRIQUE MIRO Y LA FLAUTA DEL ABUELO
Enrique Miró llegó al puerto de Rosario (Argentina) en 1893. Con sus 19 años venía decidido a “hacerse la América”, como tantos otros jóvenes que huían de las secuelas de las guerras, la miseria y la exclusión. Atrás dejaba a sus padres y hermanos, y su casa natal de la calle Cementerio Viejo Nº 3, en Reus, Tarragona, Cataluña.
Fue el único de la familia que se atrevió a la aventura, impulsado más que nada –según él mismo comentó a sus hijos alguna vez- por la firme pretensión de sus progenitores de que siguiera la carrera eclesiástica, destino que al parecer le tenían asignado tradicionalmente al menor de la familia. Él ya había decido que su futuro sería otro, y no justamente para el lado de la religión, y mucho menos, el de las armas.
Así, sorpresivamente, armó sus valijas y se despidió brevemente de sus padres y hermanos, a quienes jamás volvió a ver.
Una de sus hijas, Elida Miró Feito (“Pico”), fue la única de la familia que se animó a desandar el camino de sus padres y viajó en 1958 a España para conocer a sus parientes de allá. Ofició de memoria familiar y fue quien se encargó de recopilar mayor información acerca de los parientes, a la vez que estableció fuertes vínculos afectivos que a pesar de la perseverancia de ella y de algún otro familiar radicado en Madrid (tronco Feito González, por parte de la madre, Isabel) o en Barcelona (tronco Miró Salvadó, por el lado de Enrique, su padre), se diluyeron con el tiempo y los fallecimientos sucesivos de sus contactos, incluido el de ella misma, acaecido en junio de 1999, hoy hace justamente diez años.
Élida seguramente repitió allá algunos de los relatos hechos por don Enrique en las tertulias familiares, y sus parientes españoles –motivados- le obsequiaron algunos recuerdos, entre los cuales dos que ella y el resto de la familia valoró especialmente: una esquelita en donde el viajero garrapateó emocionado el adiós a su familia, y una antigua flauta travesera que sesenta y cinco años después de aquel alejamiento, reinstalaron en la familia chaqueña una anécdota pletórica de ternura y reminiscencias juveniles. Enrique ya había muerto en 1950.
De la flauta hablaremos después. Encierra una historia de amor. La despedida, la dejamos para el final. También habla de amor.
El inmigrante catalán
Enrique Miró había nacido en Reus el 26 de septiembre de 1874 y tenía dos hermanos mayores. Por los datos que recogió su hija Élida en su estancia en Barcelona, sabemos que su padre, José, trabajaba de intendente del teatro. Era músico y ejecutaba este instrumento. La madre era modista y “vestía gigantes y cabezudos” (seguramente estaba encargada de la confección de la vestimenta usada por los artistas.
Hay una primera etapa de su estancia en la Argentina que permanece desconocida, y no hemos podido conseguir datos aún sobre ese período, si bien está dentro de nuestros objetivos. Por los documentos que trajo consigo, y que su hija Élida conservó junto a los de su madre hasta el final de su vida, se sabe que desembarcó en el puerto de Rosario el 24 de julio de 1893.
No hay mayor información de qué hizo a partir de ese momento, si bien puede deducirse que años después, hacia fines del siglo XIX, habría sido propietario de la confitería “La Florida”, (negocio de Confitería, Café y Billares), en Reconquista, Provincia de Santa Fe, lo que se desprende de un único dato que alguna vez podremos confirmar si las fuentes a las que hemos solicitado información nos contestan: un membrete en una segunda página de la carta que le escribió a uno de sus hermanos, en Barcelona, en donde figura como propietario de dicho negocio, una Confitería con juegos de Billar. En dicha carta solicitaba al hermano que le envíe un documento que necesitaba para casarse.
Ignoramos si finalmente fue satisfecho su pedido y si se casó o no con la mujer de la que hablaba en su carta con entusiasmo pero sin nombrarla. A partir de 1915 podemos reconstruir mejor su historia familiar a través de su libreta de casamiento, en donde figura que el 7 de enero de ese año contrajo nupcias en la localidad de Barranqueras con Isabel Feito González, una inmigrante también española, 19 años menor que él. La ocupación declarada en su libreta es la de comerciante.
Isabel había nacido en Robles (España) el 2 de abril de 1892, y emigró a la Argentina en 1910, alojándose en casa de una tía materna, Constantina María de la Asunción González Calvo, casada con Giovanni Cherubino Panelatti (1856-1952) con residencia en Margarita Belén, familia ampliamente conocida en la zona, con integrantes que descollaron en el campo de la educación y del cooperativismo.
Enrique Miró fue uno de los fundadores de la Asociación Española de Socorros Mutuos, hecho acaecido el 10 de junio de 1910, integrando incluso el concejo directivo en algunas oportunidades. En el registro de asociados de la entidad se encuentra inscripto bajo el número 48. Allí se deja constancia de que es natural de Reus y soltero, teniendo a la sazón 36 años. El domicilio lo fija en Resistencia, sin dirección, quizá porque en esa época viajaba por el interior. Se sabe que cuando se radicó en la ciudad, trabajó en Casa Varela.
El matrimonio Miró-Feito crió seis hijos que se incorporaron después a la vida ciudadana y contribuyeron a hacer el Chaco: la mayor fue Nelly Odina, docente de brillante trayectoria, quien ejerció en zona rural hasta terminar como maestra titular y Directora de la Escuela Nº 2 “de Niñas”, en donde se jubiló. Casada con Antonio Blanque, viajante de comercio, tuvieron tres hijos: Lilian, Emilio y Enrique. Para don Enrique era “la piruchita”, por su delgadez.
La segunda en nacer fue Irma Paquita, también docente egresada de la Escuela Normal, quien ejerció en el interior del Chaco, colaborando con su esposo, Ercilio Castillo, en la organización de actividades de promoción comunitaria a través del arte y la participación solidaria en el Lote 13, en donde construyeron el nuevo edificio de la Escuela 340 con la colaboración de los pobladores de la colonia. Sus hijos son Elba Graciela y Jorge Enrique. El abuelo estaba orgulloso de que su primer nieto varón llevara su nombre y se lo decía a la madre; la “china Dominga”, como llamaba cariñosamente a la hija que heredó sus ojos celestes y los de doña Francisca Salvadó Tarragó, su mamá.
Helios José Miró, el mayor de los varones, se desempeñó en distintos oficios. Casó con Mary Soria y tuvo un hijo, Daniel, actualmente radicado en Rosario.
Hernán Cándido, fallecido recientemente, se desempeñó por largos años en el Juzgado Electoral, y fue un activo integrante de la Comisión Directiva del Club Atlético Sarmiento. Casado con Ida Martina, fueron padres de Enrique y Carlos.
Élida Manuela, la que ofició de memoria familiar, incursionó desde temprano en la música, y ya en su madurez, en la poesía. Se recibió de profesora de Piano en la Escuela de Música de la Municipalidad (transferida después a la Universidad Popular, en la que ejerció luego como profesora).
Darío Francisco, el menor, fue abogado reconocido del foro local, participando en 1957, en representación del Partido Socialista, en la Convención reunida en Santa Fe para reformar la Constitución Nacional. Se dedicó profesionalmente al Derecho Laboral; a la docencia en la Facultad de Ciencias Económicas de la UNNE y la elaboración de libros sobre su especialidad.
Tanto Darío como Élida participaron activamente en los movimientos juveniles organizados en Resistencia para apoyar la causa de quienes defendían la República Española, ampliamente identificados con los ideales libertarios importados por Enrique Miró de la desvastada Europa de comienzos del siglo XX, al igual que miles de inmigrantes que consideraron que “hacer la América” significaba, además de un trabajo honesto que les permitiera mantener su familia con dignidad, la posibilidad de criar hijos integrados al país de adopción. El 9 de septiembre de 1936, por ejemplo, Élida participó junto a otros adolescentes y adultos en una velada a beneficio de la Cruz Roja Española, en el Cine Argentino, patrocinados por la Asociación Española de Socorros Mutuos. Participaba también, al piano, su joven maestro Vicente Scordo. En 1938, Élida y Darío Miró seguían participando en el Comité Juvenil de Ayuda a España y aparecen en viejas fotografías con otros jóvenes, luciendo birretes con borla (propio de los soldados republicanos) y levantando el puño derecho.
Seguramente se habrá sentido gratificado don Enrique por el compromiso militante de sus dos hijos menores, así como de la responsabilidad de los mayores, que ya trabajaban en el interior de la provincia y ayudaban a la economía familiar.
Para esta época Enrique Miró participaba en las reuniones del Centro Republicano Español, que se constituyó el 30 de enero de 1938. Su Secretario fue el activo periodista y dirigente socialista Ildefonso Pérez, editor de “Estampa Chaqueña”. Juan Ramón Lestani (descendiente de italianos) y Alfredo Guerrero, español, del mismo partido, acompañaban y les daban aliento. Incluso permitieron alguna vez –cuando fueron concejales por el socialismo- que la Banda de Música Municipal actuara a beneficio.
El rol que desempeñó este Centro fue importante. Así, el 9 de febrero de 1938, el diario “La Voz del Chaco” informaba que mientras tanto no existiera Vice-consulado en el Territorio del Chaco, la institución se encargaría de los trámites respectivos a través del Secretario de la entidad.
La flauta del abuelo.
El instrumento existe y tiene más de dos siglos de antigüedad. Como todas las flautas de aquella época, es de ébano y suena muy bien. La historia que contaba Enrique Miró a sus descendientes –y que éstos repetían a sus propios hijos- es que cuando había conciertos en el teatro se calzaba la flauta debajo del brazo y haciéndose pasar por músico, ingresaba a la sala sin pagar entrada. Seguramente cometió varias veces este “pecado”, porque amaba la música y los bailes de su patria, según comenta su hija Irma (su “china Dominga”).
Élida Miró trajo la flauta al Chaco, y se la entregó en guarda a su sobrino Jorge, a la sazón estudiante de música en Rosario, quien la conserva con unción. El instrumento, más un viejo reloj de bolsillo y un sello para lacre del viejo propietario del almacén “Casa Miró”, es para él, el tesoro invalorable que heredó de su abuelo.
El cuento de la flauta –que había quedado en la casa paterna, en España- sirvió a don Enrique para tender un puente a su pasado y neutralizar el desarraigo. También ayudó a su hija a revivir este pasado, y a rescatarlo, y sirve ahora al nieto para recrear los afectos y justificar la nostalgia.
La flauta del abuelo José
Aquella esquelita escrita por Enrique, que trajo su hija -igual que la flauta- todavía se conserva a pesar del deterioro causado por el tiempo. Dice textualmente: “A Dios queridos padres, a Dios queridos hermanos, a Dios patria entera, que me marcho, haz de que tenga buena suerte que de mi parte haré todo lo posible. Son las 12 del mediodía y el vapor está pronto a marchar. Conformaos y resignación, que yo así lo hago. A Dios, a Dios, hasta allá vuestro hijo que os ama y nunca os olvidará. Enrique Miró”.
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ERCILIO CASTILLO, GESTOR CULTURAL
A los 19 años -recién recibido de maestro- es nombrado en la Escuela Nº 235, del Lote 6, jurisdicción de Villa Angela (Chaco). Desde ese cargo, y junto con pobladores del Lote 13 (Jurisdicción de La Clotilde), realizó gestiones para la creación de la Escuela Nº 340 -de la que fue su primer director- inaugurada el 15 de octubre de 1938 y que funcionó primitivamente en un local cedido por el colono Esteban Sikora, rudimentario edificio que Ercilio dejó pintado en un cuadro al óleo.
Apoyado por los criollos y colonos de esta localidad fue el mentor de la Escuela, realizada merced al aporte solidario de la población y los beneficios económicos obtenidos de las representaciones de teatro que con su esposa -Irma Miró con quien contrajo enlace el 16 de enero de 1941 y que fue la primera maestra de la escuelita- y la comunidad educativa, realizaron en distintas localidades, como una forma de extender la actividad docente y promover las manifestaciones culturales en la zona.
Allí creó también la Biblioteca Escolar y promovió actividades laborales con los vecinos, aprovechando los recursos naturales disponibles. De esta manera, estimuló la fabricación de ladrillos y la confección de cuerdas y cestos elaborados a partir del cardo, materia prima abundante en la región. Organizó actividades corales, de teatro y títeres, siempre contando con la colaboración de su esposa, Irma Miró, y la comunidad que los apoyaba entusiastamente.
El 20 de junio de 1945, tras siete años de gestión y coincidiendo con la inauguración del nuevo local –hoy reemplazado por el actual, construido a través del Plan Quinquenal- la comunidad educativa de la Escuela Nº 340 despidió al matrimonio Castillo-Miró, trasladado a La Raquel por un breve tiempo, hasta que les llegó el nombramiento para la Escuela Nº 13 “Benjamín Victorica” de La Liguria, en Resistencia. Allí Ercilio se desempeñó como Director e Irma como maestra de grado. En esta Escuela crean el Taller de Teatro y Títeres, los coros y las huertas escolares y reciben a delegaciones de alumnos de otros establecimientos educacionales.
Por aquellas actividades, Castillo mantuvo un fluido contacto personal y epistolar con Fernando Birri, a la sazón un joven inquieto de 18 años, que paralelamente a sus estudios de Abogacía en Santa Fe -que luego abandonaría- se dedicaba con pasión adolescente a los títeres de guante y marionetas (“El Retablillo de Maese Pedro”), y posteriormente al cine, a través del cual hoy es reconocido mundialmente, como fundador y Director de la legendaria Escuela de Cinematografía de la Universidad del Litoral (Santa Fe) y realizador de las multipremiadas “Tire Dié” (1958) y “Los Inundados” (1961), entre otras obras. Ercilio Castillo mantuvo con el joven Birri un breve pero intenso intercambio epistolar. Una costumbre que repitió con cada uno de sus amigos y familiares queridos, junto con fotografías hoy amarillentas pero llenas de nostalgias, que le permitieron retener el pasado y la historia de sus afectos.
Castillo fue el Presidente de la Comisión Permanente del Teatro de Títeres "DOMINE", dependiente de la Inspección Seccional Quinta de Escuelas del Chaco, integrada entre otros por Sara Couto de Obal, (madre de Edna “Chichín” Obal), Elsa Mazza, Josefa del Mármol Grandoli, Aldo Mozzatti y Sra.(titiriteros), Irma Miró (confección de vestuarios) y Alfredo Pértile (escenografía). Realizaron numerosos actos en Resistencia y localidades vecinas y del interior, como en la Biblioteca Popular "Bernardino Rivadavia","El Favorito", Fotografía "Boschetti" y Escuelas.
Se desempeñó como encargado de Departamento de la Escuela de Aprendizaje y Orientación Profesional, de "La Fandet", de Puerto Vilelas, junto a Luis Bernabey, Héctor Tamburini (muchos años después Rector de la UNNE) Totó Borfitz y otros.
En 1947, a través de un concierto que realizó con sus alumnos en LT5 Radio Chaco, entró en contacto con la Sra. Yolanda Pereno de Elizondo, quien lo convocó a integrar el Coro Polifónico de Resistencia, y desde esa época participó en todos los conciertos realizados en el país y estados vecinos y estableció un vinculo de amistad inquebrantable con Yolanda. Fue Presidente varias veces de la Comisión Directiva de la Asociación Coral Polifónica de Resistencia –creada en 1951- y estuvo presente en la primera gira del Coro por Europa, en donde ganaron el Primer Premio en el Festival de Coros de Arezzo (Italia), en 1968.
Durante el período 1953-1954, fue Ministro de Educación en la Provincia de Corrientes, en donde dejó un cálido recuerdo entre los docentes de la zona. Un acontecimiento que inspiró y que tuvo gran repercusión, fue la creación del teatro Infantil, en 1952, dirigido por la famosa actriz Angelina Pagano, creadora años atrás del igualmente célebre Teatro Infantil Labardén, del que egresaron destacados actores del teatro y el cine nacionales.
En 1954, con Motivo de la Feria de las Américas, realizó un curso de Cerámica en la Universidad de Cuyo (Mendoza). De regreso a Resistencia, en 1955 fue dejado cesante por la llamada “revolución libertadora” y se refugió en su taller, en donde recibió a numerosos amigos que se iniciaron de esta forma en el arte milenario de la creación a partir de la arcilla. Con el pintor y escultor Eddie Julio Torre, realizó su primera y única exposición de cerámicas, con el auspicio de la Asociación Coral Polifónica de Resistencia, siendo uno de los pioneros en el Chaco en esta rama del arte.
Rehabilitado en su cargo, fue designado Secretario Técnico de la Inspección Seccional de Escuelas Nacionales. Más tarde fue ascendido a Supervisor de Zona, hasta 1967, fecha en que se jubiló. También trabajó junto a Víctor Miguel Mercado en la entonces Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional del Nordeste
En 1967 fue convocado por la Sra. Lilia Yolanda Pereno de Elizondo para colaborar con ella en la Dirección de Cultura, en donde coordinaron el trabajo de un destacado y activo equipo de personas, hasta el año 1981, en que se retiraron ambos de la actividad oficial. Como producto de esta asociación para promover el Arte en el Chaco, surgen la escuela de Música, la de Bellas Artes y la de Danzas de la provincia., y la Orquesta de Cámara y después la Sinfónica; el Coro Oficial de Niños, el Ballet de la Escuela de Danza, el Taller de Teatro y Títeres, entre otras.
El deseo adolescente de aprender piano y de hacer teatro –frustrado por factores económicos, por las distancias y por la precariedad de los recursos con que contaba en aquella época y en el lugar en que vivía- dio paso a una fuerte vocación para la gestión de las manifestaciones artísticas de los demás, y así, con tenacidad, hizo Chaco durante setenta años, promoviendo en otros sus vocaciones creativas y honrando la vida. Una gratificante manera de trabajar.-
Ercilio Castillo (Fot.J.Castillo, 1980)
EL CHACO EN FOTOGRAFÍAS Autor: Jorge Castillo
SOBRE LOCOMOTORAS Y EL RESCATE DEL PATRIMONIO CULTURAL
Haciendo gala de la mala educación que nos caracteriza a los resistencianos en lo que se refiere al cuidado del patrimonio cultural y natural, se yerguen sendas locomotoras en la avenida Laprida, en la zona que aunque invadida en parte por los nuevos edificios del Poder Judicial, es desde hace muchos año patrimonio histórico nacional y por ende, debiera ser un ejemplo de respeto a restos culturales representativos del pasado.
Las dos máquinas, de trocha angosta, pertenecieron al Ingenio Las Palmas del Chaco Austral. La que emplazaron alguna vez en el parterre de la avenida antes mencionada, estuvo antes por años en el predio del Museo y capilla de San Buenaventura del Monte Alto, otro patrimonio abandonado (y robado) en donde la impunidad y desidia fueron más fuertes que el interés y empeño de un puñado de ciudadanos que se habían propuesto cuidar todo eso. Hoy está totalmente destruido y reconstruirlo costará muchísimo tiempo y dinero
Fotog. 1: La máquina espera una acción gubernamental que la proteja de la intemperie (ambiente natural) y de las tropelías humanas (acción cultural) (Fotog. Sergio Terada, 2004-04-07).
Miles de niños se han trepado ya al vetusto aparato; lo han golpeado y han hecho mil y una piruetas arriesgando sus vidas y deteriorando el vehículo.
Está transformado hoy en algo así como un “trasto inservible” de la historia, que los chicos actualizan para sus juegos y ejercicios corporales, ante la mirada impávida (disociada; irresponsable) de los padres y de las autoridades que debieran cuidar el patrimonio y la vida de los demás.
Da la sensación de que si en Resistencia estuviera la Torre Eiffel, también se treparía cualquiera, como lo haría en el Capitolio o el mismísimos Congreso de la Nación (de hecho, el monumento de enfrente sigue siendo desde hace años “grada” preferencial); o en la torre inclinada de Pizza, para mencionar monumentos emblemáticos que nos hablan del pasado y que por eso mismo, son estrictamente protegidos desde hace años de la supuesta “creatividad” de los niños y el “piolismo” y “buenismo” de los padres que dejan que sus hijos hagan tropelías que en su casa jamás permitirían.
No debemos olvidar que alguna vez adolescentes juerguistas robaron el sable del monumento al General Belgrano, en la plaza homónima (o sea que también se treparon al mismo a pesar del mármol y la aparentemente inexpugnable perpendicularidad del basamento, vaya a saber uno cómo). La réplica del arma apareció tiempo después, y fueron los alumnos de la legendaria Escuela Industrial quienes se encargaron de restituirla al lugar original. El Sr. Jorge Abiatti, propietario de “Bronces Abiatti”, dirigió personalmente el emplazamiento de la escultura el año 1956, poco antes de ser inaugurada oficialmente el día 20 de junio. Su presencia en Resistencia fue una buena oportunidad para que papá nos presentara al hijo de quien en 1934 hizo posible con sus gestiones que el Ministerio de Educación de la Nación lo designara maestro rural en el Lote 6, en el Chaco. Sobre espadas robadas, hay otro caso sin final feliz del que hablaré en otra nota.
Volviendo al tema de las locomotoras: podemos deducir que a nadie parece importarle el deterioro de las máquinas expuestas, lo que confirma que “después de nosotros, la nada”. Esta indiferencia es lo que se vuelve en contra de nuestra identidad cultural, pero más domésticamente, de nuestra integridad física y atenta contra la calidad de vida de todos.
Se habla en estos días de rescatar la memoria, pero aquello que permitiría hacerlo –tanto desde lo positivo como desde lo negativo, según cómo se considere- está desapareciendo sin que nadie mueva un dedo para evitarlo. Pasa con los aerolitos que dejamos que nos los roben, y después nos parece natural que nos lo devuelvan previo pago; o callándonos la boca si algún comedido, por el solo hecho de haber encontrado uno, se le ocurre regalarlo a cualquiera (lo que está prohibido absolutamente, igual que venderlo).
Seguimos distraídos y aprovechan los vivos para seguir contaminando el río Negro o haciendo negocios inmobiliarios imposibles de imaginar en un país serio, mientras el río sigue taponado; se abren las compuertas del dique de Barranqueras sin ningún criterio coherente y prometemos que lo vamos a limpiar y cada vez está peor ¿Somos vivos o qué?.
En Alemania, existe un pueblito –Königswinter- que se encuentra en la margen derecha del río Rihn, en el estado de Renania del Norte-Westfalia. Allí pasaban el invierno los reyes, y encontramos infinidad de ejemplos de lo que es el cuidado del patrimonio cultural y natural en países serios, con vieja y fuerte identidad cultural. En Königswinter –como sucede en toda Europa, donde ésta es una constante desde hace siglos- se hace gala de los monumentos y las leyendas de los antepasados, y a cincuenta metros de uno de los hoteles –emplazado exactamente enfrente al ayuntamiento (Rathaus), en pleno casco histórico- se encuentra una vieja capilla en cuyo patio descansan los restos de sacerdotes y “notables” de cinco o seis siglos atrás.
Fotog. 2: Casco histórico y “Rathaus”” de Königswinter. A la izquierda se encuentra la Biblioteca Municipal, en donde entregamos como gentileza una serie de libros de autores chaqueños que habíamos llevado con esa intención La callejuela de la derecha conduce a la iglesia y cementerio. (Captura fotográfica de video de J.Castillo. 2004).
Fotog. 3: Antiguas tumbas del cementerio distante media cuadra del Ayuntamiento.Está en el patio de la Iglesia en la que el domingo oficiaba la misa un sacerdote negro. (Captura fotográfica de video de J.Castillo, 2004)
El domingo 30 de junio de 2004, tras nuestro arribo a esa localidad desde el Aeropuerto Internacional de Frankfurt, recorrimos la pequeña ciudad y entre otras cosas descubrimos el “Pantera Rosa”, como lo denominan familiarmente por su color al tren metropolitano (de tracción eléctrica) que une todas las localidades de esa región del Rhin, quizá la más rica de Alemania. Con algunas diferencias (no muchas, la verdad) nos trajo reminiscencias de los trenes de “Sefecha” que humildemente acercan a nuestros pueblitos del interior y Los Amores, en Santa Fe. No solamente por contar con dos coches, sino porque junto a los pasajeros viajaban sus bicicletas, una idea que nos pareció atinada y práctica, aunque insólita, cuando se la sugerimos a los administradores de nuestro tren, y que había sido adaptada mucho tiempo antes en el “primer mundo”.
Ese domingo, recorriendo la pequeña ciudad, tras visitar el cementerio, entramos a la iglesia por curiosidad y preguntamos si podíamos filmar la ceremonia. Oficiaba la misa un sacerdote de piel negra, que contrastaba con los rubios alemanes.
Todo ese sector de la ciudad alberga antiguas construcciones que hacen la delicia de los arquitectos, conservadas puntillosamente. Al verlas, recordaba el chalet Perrando, entreverado desde hace años en un pleito judicial sin fin, que hace sospechar la pérdida total en poco tiempo más, mientras los funcionarios vienen y van y no atinan a poner lo que hace falta para salvarlo.
En Königswinter, justamente, encontré ese verano de 2004 una vieja locomotora en exposición. Fue mientras me disponía a subir a la llamada roca del dragón, una elevación de aproximadamente trescientos metros en donde la tradición ubica las aventuras míticas de las Walkirias (las mujeres guerreras), Sigfrido , los Nibelungos y el oro del Rihn, que Richard Wagner inmortalizó en su famosa tetralogía musical.
La locomotora ya estaba pintada de verde en aquel entonces, y si bien a la intemperie, existía un cartel prohibiendo subirse a la misma. De más estar decir que recordé las maltratadas locomotoras de Las Palmas -primera población argentina que contó con luz eléctrica- y fotografié el aparato para contarlo.
Fotog. 4: Locomotora ubicada en el comienzo de la calle que conduce al llamado “castillo del dragón” (Drachenfels). (Fotog. J.Castillo, 2004)
Fotog. 5: La misma locomotora cuatro años después, en el mismo lugar pero jerarquizada y con nuevos elementos protectores. (Fotog. Thomas Titter.Panoramio, Internet, 2008).
Cuatro años después, buscando alguna referencia más en Internet sobre aquella pequeña ciudad medieval, encontré algunas fotografías de la misma locomotora, pintada muy prolijamente del mismo color. También continúa el cartel que sigue prohibiendo cualquier uso que pueda deteriorarla. Lo que se muestran como elementos nuevos, que hablan muy bien del criterio de preservación del patrimonio cultural de las autoridades alemanas, es una cadena que rodea la máquina a modo de límite, y un techo de chapa, que obviamente protege mucho mejor de las inclemencias del tiempo al conjunto en exposición.
Parece que allá el Estado sabe cómo poner límites. Nuestras locomotoras ya casi no se reconocen de lo sucia, pisadas, orinadas y maltratadas que están. Al final, ¿para qué las exponemos?; ¿qué queremos demostrar?; ¿qué pasado recordamos?; ¿a qué futuro apuntamos?; ¿a quién le importa todo esto?.
La respuesta debe aludir, indudablemente, a la necesidad de mantener vivo el recuerdo y todo aquello que refuerza la identidad cultural de nuestro pueblo. Si las dos locomotoras sirven de referencia al pasado y además dan cuenta de una época determinada -que para bien o para mal existió y dejó su impronta- es necesario cuidarlas y desarrollar en torno de las mismas los argumentos válidos para que no sean meros objetos ornamentales o lúdicos para la población (en el peor de los casos, hechos que la dejan indiferente), sino referentes que permiten asociar circunstancias y acontecimientos y que son capaces de mantener vigente para jerarquizar o mejorar el contexto histórico. Es la mejor manera de preservar la identidad cultural, atendiendo a la diversidad.
Jorge Castillo Resistencia.
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